El minimalismo que vale la pena
Hay una diferencia fundamental entre eliminar lo que molesta y eliminar lo que sobra. La primera es pragmatismo; la segunda, criterio.
Apple lleva décadas construyendo esta distinción. Cuando Jobs quitó el disco óptico del MacBook Air, no lo hizo porque fuera difícil de implementar. Lo hizo porque la mayoría de los usuarios ya no lo necesitaban, aunque ninguno lo hubiera pedido aún.
En software, llamamos minimalismo a muchas cosas que en realidad son pereza o falta de criterio disfrazadas de decisión. Un formulario con cinco campos en lugar de quince no es minimalismo si los cinco son los incorrectos. Un componente que no tiene estilos no es minimal, es incompleto.
La diferencia es intención. El minimalismo real tiene costes: el tiempo que tardas en decidir qué dejar fuera, la valentía de defender lo que quitaste, la capacidad de explicar por qué lo que queda es suficiente.
Cuando diseño algo, me pregunto: ¿qué pasa si quito esto? Si la respuesta es "nada importante", ya sé lo que tengo que hacer.
El minimalismo que vale la pena no es el que resulta más fácil de implementar. Es el que más te cuesta defender.